Cuando venga lo perfecto



Por Josué I. Hernández

 
El apóstol Pablo escribió: “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará” (1 Cor. 13:9,10). Queremos estudiar a qué se refería Pablo cuando dijo “cuando venga lo perfecto”.
 
Básicamente, existen dos posturas respecto a esta frase. Una posición sostiene que Pablo se refería a la segunda venida de Cristo y el estado perfecto y glorioso que traerá. Albert Barnes afirmó: “El sentido aquí es que, «en el cielo» —un estado de perfección absoluta—, lo que es «parcial» o imperfecto se perderá en un brillo superior”. MacArthur agregó: “Lo perfecto debe corresponder al estado eterno, porque allá en la gloria veremos a Dios cara a cara (Apoc. 22:4) y tendremos conocimiento pleno en la eternidad de los cielos nuevos y la tierra nueva”. Esta posición se distrae del contexto y usa fuera del mismo las frases “lo perfecto”, “cara a cara” y “conoceré como fui conocido”.
 
La segunda posición sostiene que la frase “cuando venga lo perfecto” se refiere a la voluntad completa y perfecta de Dios. Conforme a esto, W. Partain escribió: “Quedándonos con el contexto, vemos claramente que Pablo trata de los dones milagrosos, y acaba de decir que ellos proporcionaban revelaciones “en parte” (ver. 9). Estas revelaciones parciales serían reemplazadas cuando “lo perfecto o completo” llegara. Es obvio, pues, que Pablo está diciendo que cuando el proceso de revelación, o sea, la comunicación de verdad divina, llegara a su fin, entonces los medios empleados para el proceso (que eran los dones) terminarían, o cesarían. Así que, cuando la revelación del Nuevo Testamento fue hecha completa (la terminación del canon de las Escrituras), entonces cesaron los dones milagrosos”.
 
1 Corintios capítulos 12 al 14 trata sobre los dones espirituales. Pablo introdujo este tema de la siguiente manera: “No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales” (1 Cor. 12:1). Luego, Pablo enumero nueve de estos dones e ilustró su buen uso (cap. 12), mencionó tres de ellos para especificar su duración (cap. 13), y ordenó el uso de dos de ellos en el culto de la iglesia (cap. 14).
 
Al estudiar 1 Corintios 13:8-12 hay una serie de contrastes que permiten comprender el punto de Pablo. En primer lugar, tenemos el contraste entre “en parte” (v.9) y “lo perfecto” (v.10). La revelación en aquellos días era parcial, es decir, “en parte”, mediante dones espirituales, tales como, “profecías”, “lenguas” y “ciencia” (cf. 1 Cor. 14:6). Sin embargo, Pablo miró al futuro, cuando la revelación sería completada o realizada, llegando así “lo perfecto” (cf. Sant. 1:25; 2 Ped. 1:3), instancia en la cual los dones se acabarían y cesarían.
 
Lo anterior se hace evidente cuando observamos los siguientes contrastes:
  • Los dones espirituales y el amor.
  • Lo que dejará de ser y lo que no cesará.
  • Lo parcial y lo total, lo incompleto y lo completo.
  • El estado de infancia y el estado de madurez.
  • El conocimiento parcial y el conocimiento total.
  • La visión velada y la visión cara a cara.
 
El propósito de los dones espirituales era entregar y completar la revelación divina. Estos dones guiaron a la iglesia desde la niñez, cuando la revelación del Nuevo Testamento era concedida oralmente y se iba poniendo por escrito (cf. Col. 4:16; 2 Tes. 2:15), hasta el período de madurez cuando las cosas propias de la niñez cesaron.
 
Lo que es “perfecto” no podría referirse a Cristo. Piénselo detenidamente. Si “lo perfecto” es Cristo, lo cual ignora el contexto por completo, entonces quién es “lo que es en parte”. Si “lo perfecto” es una persona, “lo que es en parte” también tendría que serlo. Sin embargo, sabemos con certeza que los dones espirituales han cesado y, por lo tanto, sabemos que lo perfecto ha llegado, y todo esto a pesar de que la segunda venida de Cristo no ha ocurrido.
 
Pablo argumentó sobre conocer perfectamente, aunque en ese momento solamente podía conocer en parte: “Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Cor. 13:12). Pero, no dijo que habría una instancia en la cual podríamos conocer con el conocimiento perfecto que tiene Cristo. Ese no es el punto de su declaración. Pablo tenía la esperanza de que cuando viniera lo completo o perfecto, el conocimiento parcial habría sido superado (1 Cor. 13:10,12).
 
La palabra traducida “perfecto” (gr. “teleios”), “significa habiendo alcanzado su fin (telos), acabado, completo, perfecto” (Vine), “traído a su fin, acabado” (Thayer). Cuando esta palabra griega se usa para referirse a personas, alude a la plenitud de la madurez (cf. Heb. 5:14), y cuando se usa para referirse a cosas, alude a su totalidad.
 
Cabe recordar que Jesucristo prometió a los apóstoles la guía sobrenatural del Espíritu Santo (Jn. 16:13). Serían guiados a la totalidad de la verdad. Esto significa que la fe entregada una vez para siempre habría sido conferida antes de la muerte del último apóstol (cf. Jud. 3). En aquellos años, los dones espirituales eran imprescindibles para la transmisión de la verdad (cf. 1 Cor. 13:8; 14:6). Cuando la verdad fue revelada en su totalidad, los dones espirituales ya no fueron necesarios. Es un hecho que la instrucción recibida directamente de Dios por inspiración ha cesado (cf. Gal. 1:11,12). ¿Qué podrían hacer los dones espirituales que la palabra de Dios, plenamente revelada, confirmada y escrita, no pueda hacer? ¡Nada!
 
Los dones espirituales fueron necesarios para revelar, confirmar y completar la revelación, pero no son necesarios para su perpetuación. En ausencia de la revelación completa y escrita de la palabra de Dios, la iglesia necesitaba guía y dirección sobrenatural, y Dios proveyó esa guía y dirección a través de los dones espirituales que eran conferidos por la imposición de las manos de los apóstoles (Hech. 8:18; 19:6; 2 Tim. 1:6).
 
El hecho de que la completa voluntad de Dios ha sido revelada, y sus provisiones para la salvación de la humanidad se han completado, y el hecho de que los dones espirituales servían para este fin, se expone claramente en Efesios 4:11-15.
 
Conclusión
 
La iglesia existía antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. En ese entonces, el Espíritu Santo guio su establecimiento, la llenó con su presencia, y le escribió instrucciones. El Nuevo Testamento constituye la voluntad de Dios revelada por medio del Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 2:1-13). Sin embargo, mientras esa verdad se revelaba parcialmente, la iglesia experimentó una era milagrosa en la que los dones sobrenaturales sirvieron para edificarla (cf. Ef. 4:1-16; 1 Cor. 14:4,5, 12-19, 26-33). En aquellos años, los apóstoles predicaban con demostración del Espíritu y poder (1 Cor. 2:4) y maravillas confirmaban la palabra del evangelio (Gal. 3:5).
 
Los dones espirituales eran como remolcadores que guiaban a la iglesia a través de aguas turbulentas. Eran necesarios para la culminación del eterno plan de Dios en Cristo (Ef. 3:10,11) mientras se confería “la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos” (Rom. 16:25), “el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres” (Ef. 3:4,5).