La blasfemia contra el Espíritu Santo

 


Por Josué I. Hernández

 
Mucha tinta se ha gastado escribiendo sobre “el pecado imperdonable”, aquel pecado “que no tiene jamás perdón”, me refiero a la blasfemia contra el Espíritu Santo. Cuando nos detenemos a considerar el caso, vemos cosas que la Biblia presenta aparentemente contrapuestas: Que la blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado imperdonable (Mat. 12:31; Mar. 3:29), y que la sangre de Cristo puede lavar todo pecado (Hech. 22:16; 1 Jn. 1:7,9). Luego, algunos han llegado a un estado de temor por la posibilidad de haber cometido este pecado sin saberlo, y estar condenados sin posibilidad de ser lavados en la sangre de Cristo. Tal confusión, y el temor que conlleva, son lamentables, pero totalmente innecesarios. Queremos ir a la Biblia y disipar tales temores.
 
La dificultad de este tema radica en dos aspectos. En primer lugar, entender quiénes y qué están involucrados en la ley del perdón de Dios. En segundo lugar, entender qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo. La comprensión de estos dos aspectos elimina la confusión y el temor.
 
¿Quiénes y qué están involucrados en la ley del perdón?
 
Hay cuatro personas involucradas en la acción de perdonar los pecados. Primero, está Dios, aquel contra el cual se peca (Hech. 5:4), aquel que ha establecido las condiciones para eliminar el pecado y obtener la salvación (Mat. 7:21), aquel que finalmente perdona el pecado (Luc. 23:34). Luego, está Cristo, aquel que se ofreció a sí mismo por nosotros (Gal. 1:4; Heb. 7:27), aquel que intercede a nuestro favor (Rom. 8:34; 1 Tim. 2:5; Heb. 7:25). Luego, está el Espíritu Santo, aquel que fue enviado para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8), aquel que reveló el glorioso evangelio de la salvación en Cristo y las condiciones de perdón (1 Cor. 2:6-16; 1 Ped. 1:12). Finalmente, está el hombre, aquel que necesita el testimonio del Espíritu Santo para saber cómo beneficiarse del sacrificio expiatorio de Jesucristo. Si es un pecador del mundo, la sangre de Cristo le lavará en el bautismo (Hech. 2:38,41; 8:37,38; 22:16). Si es un hijo de Dios que ha caído, la sangre de Cristo le lavará si se arrepiente y confiesa en qué pecó (Hech. 8:22; 1 Jn. 1:9).
 
Dios promete perdonar a los que obedecen su evangelio (cf. Rom. 1:5; 1:16; 10:16; 2 Tes. 1:8). Cuando Dios perdona, la culpa es borrada, y la inocencia es total. Sin embargo, esta bendición es imposible sin las cosas que han sido anunciadas en el evangelio por el Espíritu Santo (1 Ped. 1:12).
 
¿Qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo?
 
Jesús advirtió sobre este pecado. Marcos registró las siguientes palabras: “De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (Mar. 3:28,29).
 
La blasfemia es “Calumnia, habla perjudicial al buen nombre de otro” (Thayer), y es precisamente lo que hicieron los fariseos (cf. Mat. 12:31,32), y lo hicieron por la maldad que abundaba en su corazón (Mat. 12:34,35).
 
Jesús había expulsado a un demonio (Mat. 12:22), y la sanidad fue tal, que la gente asombrada comenzó a cuestionar la identidad de Jesús (Mat. 12:23). Entonces, los fariseos lanzaron una acusación desesperada y maliciosa (Mat. 12:24; cf. Mar. 3:30).
 
Lo que hicieron los fariseos no fue un error por ignorancia (cf. Jn. 1:11; 3:19; 5:40). Ellos estaban empeñados en el mal y se expresaron con malicia, atribuyendo el poder de Dios a Satanás, y desechando el testimonio del Espíritu Santo (Is. 11:2; 61:1,2; Luc. 3:22; 4:18-21; Hech. 10:38; cf. Jn. 15:26; 16:8; Rom. 8:2).
 
Aunque Jesús ya no anda entre nosotros obrando milagros para vencer a Satanás y establecer el reino de los cielos, todavía se puede rechazar el testimonio del Espíritu Santo y persistir en el mal. El Nuevo Testamento, y la experiencia, nos indican que mucha gente está rechazando el testimonio del Espíritu y persistiendo en el mal (cf. Hech. 7:51; 2 Tes. 2:10-12; 2 Tim. 3:1-5).
 
Conclusión
 
Necesitamos el testimonio del Espíritu Santo para saber cómo beneficiarnos del sacrificio expiatorio de Jesucristo (cf. Rom. 3:23; 6:23; 8:2), y ese testimonio está registrado en la Biblia (cf. 2 Tim. 3:16,17). Pero, cuando los hombres rechazan el evangelio ya no podrán arrepentirse, y sin arrepentimiento no hay salvación.
 
Cualquier pecado del cual el hombre no se arrepiente es pecado de muerte (cf. Luc. 13:5; 24:47; 1 Jn. 5:16). Rechazar el testimonio del Espíritu Santo es rechazar la fuente de la fe, y sin fe no hay salvación (cf. Rom. 10:17; Heb. 11:6).