Mucha tinta se ha gastado escribiendo sobre “el
pecado imperdonable”, aquel pecado “que no tiene jamás perdón”, me refiero a la
blasfemia contra el Espíritu Santo. Cuando nos detenemos a considerar el caso, vemos
cosas que la Biblia presenta aparentemente contrapuestas: Que la blasfemia
contra el Espíritu Santo es un pecado imperdonable (Mat. 12:31; Mar. 3:29), y
que la sangre de Cristo puede lavar todo pecado (Hech. 22:16; 1 Jn. 1:7,9).
Luego, algunos han llegado a un estado de temor por la posibilidad de haber
cometido este pecado sin saberlo, y estar condenados sin posibilidad de ser
lavados en la sangre de Cristo. Tal confusión, y el temor que conlleva, son
lamentables, pero totalmente innecesarios. Queremos ir a la Biblia y disipar
tales temores. La dificultad de este tema radica en dos
aspectos. En primer lugar, entender quiénes y qué están involucrados en la ley
del perdón de Dios. En segundo lugar, entender qué es la blasfemia contra el
Espíritu Santo. La comprensión de estos dos aspectos elimina la confusión y el
temor.
¿Quiénes y qué están involucrados en la ley del
perdón?
Hay cuatro personas involucradas en la acción
de perdonar los pecados. Primero, está Dios, aquel contra el cual se peca
(Hech. 5:4), aquel que ha establecido las condiciones para eliminar el pecado y
obtener la salvación (Mat. 7:21), aquel que finalmente perdona el pecado (Luc.
23:34). Luego, está Cristo, aquel que se ofreció a sí mismo por nosotros (Gal.
1:4; Heb. 7:27), aquel que intercede a nuestro favor (Rom. 8:34; 1 Tim. 2:5;
Heb. 7:25). Luego, está el Espíritu Santo, aquel que fue enviado para convencer
al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8), aquel que reveló el
glorioso evangelio de la salvación en Cristo y las condiciones de perdón (1
Cor. 2:6-16; 1 Ped. 1:12). Finalmente, está el hombre, aquel que necesita el
testimonio del Espíritu Santo para saber cómo beneficiarse del sacrificio
expiatorio de Jesucristo. Si es un pecador del mundo, la sangre de Cristo le
lavará en el bautismo (Hech. 2:38,41; 8:37,38; 22:16). Si es un hijo de Dios
que ha caído, la sangre de Cristo le lavará si se arrepiente y confiesa en qué
pecó (Hech. 8:22; 1 Jn. 1:9). Dios promete perdonar a los que obedecen su
evangelio (cf. Rom. 1:5; 1:16; 10:16; 2 Tes. 1:8). Cuando Dios perdona, la
culpa es borrada, y la inocencia es total. Sin embargo, esta bendición es
imposible sin las cosas que han sido anunciadas en el evangelio por el Espíritu
Santo (1 Ped. 1:12).
¿Qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo?
Jesús advirtió sobre este pecado. Marcos
registró las siguientes palabras: “De cierto os digo que todos los pecados
serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que
sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de
juicio eterno” (Mar.
3:28,29). La blasfemia
es “Calumnia, habla perjudicial al buen nombre de otro” (Thayer), y es
precisamente lo que hicieron los fariseos (cf. Mat. 12:31,32), y lo hicieron por
la maldad que abundaba en su corazón (Mat. 12:34,35). Jesús había
expulsado a un demonio (Mat. 12:22), y la sanidad fue tal, que la gente
asombrada comenzó a cuestionar la identidad de Jesús (Mat. 12:23). Entonces, los
fariseos lanzaron una acusación desesperada y maliciosa (Mat. 12:24; cf. Mar.
3:30). Lo que
hicieron los fariseos no fue un error por ignorancia (cf. Jn. 1:11; 3:19; 5:40).
Ellos estaban empeñados en el mal y se expresaron con malicia, atribuyendo el
poder de Dios a Satanás, y desechando el testimonio del Espíritu Santo (Is.
11:2; 61:1,2; Luc. 3:22; 4:18-21; Hech. 10:38; cf. Jn. 15:26; 16:8; Rom. 8:2). Aunque Jesús
ya no anda entre nosotros obrando milagros para vencer a Satanás y establecer
el reino de los cielos, todavía se puede rechazar el testimonio del Espíritu
Santo y persistir en el mal. El Nuevo Testamento, y la experiencia, nos indican
que mucha gente está rechazando el testimonio del Espíritu y persistiendo en el
mal (cf. Hech. 7:51; 2 Tes. 2:10-12; 2 Tim. 3:1-5).
Conclusión
Necesitamos el
testimonio del Espíritu Santo para saber cómo beneficiarnos del sacrificio
expiatorio de Jesucristo (cf. Rom. 3:23; 6:23; 8:2), y ese testimonio está registrado
en la Biblia (cf. 2 Tim. 3:16,17). Pero, cuando los hombres rechazan el
evangelio ya no podrán arrepentirse, y sin arrepentimiento no hay salvación. Cualquier
pecado del cual el hombre no se arrepiente es pecado de muerte (cf. Luc. 13:5;
24:47; 1 Jn. 5:16). Rechazar el testimonio del Espíritu Santo es rechazar la
fuente de la fe, y sin fe no hay salvación (cf. Rom. 10:17; Heb. 11:6).