El apóstol Pablo escribió: “Acuérdate de
Jesucristo” (2 Tim. 2:8). Procurando recordar al Señor Jesucristo meditemos
en su exaltación. Todo cristiano debe mantener presente en su
memoria al Señor Jesucristo, sin embargo, Pablo le dijo a Timoteo que lo
hiciera. No hay nada tan importante como recordar a Jesucristo, no obstante, es
fácil olvidarlo por las muchas cosas que ocupan nuestra mente. A pesar de ello,
debemos bajar el ritmo, y recordar a Jesucristo. Recordamos la muerte del Señor Jesucristo cada
primer día de la semana (Hech. 2:42; 20:7; 1 Cor. 11:23-26). Pero, recordar a
Jesucristo implica mucho más que recordar su muerte. También debemos recordar
su ascensión al cielo y su exaltación a la diestra del Padre. El autor a los hebreos escribió: “puestos
los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto
delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la
diestra del trono de Dios” (Heb. 12:2). Durante su ministerio, el Señor Jesús aludió a
su ascensión al cielo (cf. Jn. 6:62; 14:12; 16:10,28; 17:11). Y durante sus
apariciones posteriores a su resurrección, Jesucristo habló de ascender al
Padre (Jn. 20:17). Él vino del Padre, y regresó al Padre. Cuando finalmente
ascendió al cielo (Mar. 16:19), los apóstoles regresaron a Jerusalén con gran
gozo (Luc. 24:50-53). No estaban abatidos, ni desanimados, estaban gozosos, y
recibieron la promesa del regreso de Jesucristo (Hech. 1:9-11). Jesucristo fue “Recibido arriba en gloria”
(1 Tim. 3:16), exaltado como Señor y Salvador (Hech. 2:33; 5:31), tal como lo pidió
al Padre en oración (Jn. 17:5). Cuando ascendió, “traspasó los cielos”
(Heb. 4:14) y fue “exaltado más allá de los cielos” (Heb. 7:26, LBLA). Ahora, Jesucristo está en la posición de mayor
gloria y honor, “está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1).
Esteban “vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y
dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la
diestra de Dios” (Hech. 7:55,56). El Señor glorificado apareció a Saulo, y
también apareció a Juan (Hech. 26:13,14; Apoc, 1:12-18). Ambos cayeron a tierra
por la visión gloriosa. Dos cosas vienen a la mente cuando entendemos
la ascensión del Señor Jesús. En primer lugar, él es divino. Sencillamente, él no
es de este mundo como nosotros (cf. Jn. 3:13; 3:31-36; 6:38,42). Él vino del
cielo y regresó al cielo. Nadie más ha hecho esto. En segundo lugar, entendemos
cómo Jesús sigue trabajando. Él no está ocioso, ni está jubilado. Su ministerio
celestial continúa. Siendo exaltado, el Señor Jesús envió al Espíritu
Santo sobre los apóstoles (cf. Jn. 15:26; 16:7; Luc. 24:49; Hech. 1:5,8). La
recepción del poder del Espíritu Santo capacitó a los apóstoles para ser
guiados a toda la verdad y confirmarla con milagros (cf. Jn. 16:13; Mar.
16:19,20; Heb. 2:3,4). El apóstol Pablo escribió que Jesucristo otorgó
“dones a los hombres” (Ef. 4:7-11; cf. Sal. 68:18). Estos dones de
Cristo se manifestaron en hombres desempeñando oficios de servicio para la
iglesia (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros). Estos hombres
fueron concedidos para revelar, proclamar y proteger la verdad. Estos dones
fueron dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del
ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:12). Gracias
al Señor Jesucristo, actualmente contamos con evangelistas, pastores y maestros
que nos ayudan a ser espiritualmente completos en nuestro trabajo y edificación.
Gracias al Señor Jesucristo, contamos con apóstoles y profetas como fundamento (Ef.
2:20) y podemos volver a sus escritos leyendo (Ef. 3:4,5; 2 Ped. 3:2; Jud. 1:17).
El ministerio celestial de Jesucristo continúa.
Él intercede por nosotros (cf. Rom. 8:34; Heb. 7:25), y continúa oficiando como
nuestro sumo sacerdote (Heb. 3:1; 4:14-16; 7:25; 10:21) y abogado (1 Jn.
2:1,2). El Señor Jesucristo continúa gobernando el
universo, y reina a la diestra de Dios con absoluta autoridad sobre las
naciones (cf. Hech. 2:33-36; Ef. 1:19-22; Heb. 1:3,4; 10:12,13; Apoc. 1:5;
11:15). Hablando de Jesucristo, el apóstol Pedro
escribió: “quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él
están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Ped. 3:22). La diestra
de Dios es el lugar de mayor autoridad y poder (cf. Mat. 26:64; Mar. 16:19).
Jesucristo es “Señor de señores y Rey de reyes” (Apoc. 17:14; 19:16). Jesucristo es “el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Pero, también es “León de la tribu de
Judá” (Apoc. 5:5). Él es “nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2
Ped. 3:18). “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un
nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”
(Fil. 2:9-11).
Conclusión
En el cielo, Jesucristo ora por su pueblo (cf.
Heb. 7:25) y prepara un lugar para sus santos (Jn. 14:2,3). Un día volverá para
dar reposo y retribución (2 Tes. 1:7-10), “vida eterna a los que,
perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y
enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a
la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo,
el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el
que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay
acepción de personas para con Dios” (Rom. 2:7-11). Recordamos la muerte, sepultura, resurrección y
apariciones de Cristo (cf. 1 Cor. 15:3-11), pero no olvidemos su exaltación.