La exaltación de Jesucristo


 
Por Josué I. Hernández
 

El apóstol Pablo escribió: “Acuérdate de Jesucristo” (2 Tim. 2:8). Procurando recordar al Señor Jesucristo meditemos en su exaltación.
 
Todo cristiano debe mantener presente en su memoria al Señor Jesucristo, sin embargo, Pablo le dijo a Timoteo que lo hiciera. No hay nada tan importante como recordar a Jesucristo, no obstante, es fácil olvidarlo por las muchas cosas que ocupan nuestra mente. A pesar de ello, debemos bajar el ritmo, y recordar a Jesucristo.  
 
Recordamos la muerte del Señor Jesucristo cada primer día de la semana (Hech. 2:42; 20:7; 1 Cor. 11:23-26). Pero, recordar a Jesucristo implica mucho más que recordar su muerte. También debemos recordar su ascensión al cielo y su exaltación a la diestra del Padre.
 
El autor a los hebreos escribió: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:2).
 
Durante su ministerio, el Señor Jesús aludió a su ascensión al cielo (cf. Jn. 6:62; 14:12; 16:10,28; 17:11). Y durante sus apariciones posteriores a su resurrección, Jesucristo habló de ascender al Padre (Jn. 20:17). Él vino del Padre, y regresó al Padre. Cuando finalmente ascendió al cielo (Mar. 16:19), los apóstoles regresaron a Jerusalén con gran gozo (Luc. 24:50-53). No estaban abatidos, ni desanimados, estaban gozosos, y recibieron la promesa del regreso de Jesucristo (Hech. 1:9-11).
 
Jesucristo fue “Recibido arriba en gloria” (1 Tim. 3:16), exaltado como Señor y Salvador (Hech. 2:33; 5:31), tal como lo pidió al Padre en oración (Jn. 17:5). Cuando ascendió, “traspasó los cielos” (Heb. 4:14) y fue “exaltado más allá de los cielos” (Heb. 7:26, LBLA).
 
Ahora, Jesucristo está en la posición de mayor gloria y honor, “está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1). Esteban “vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hech. 7:55,56). El Señor glorificado apareció a Saulo, y también apareció a Juan (Hech. 26:13,14; Apoc, 1:12-18). Ambos cayeron a tierra por la visión gloriosa.
 
Dos cosas vienen a la mente cuando entendemos la ascensión del Señor Jesús. En primer lugar, él es divino. Sencillamente, él no es de este mundo como nosotros (cf. Jn. 3:13; 3:31-36; 6:38,42). Él vino del cielo y regresó al cielo. Nadie más ha hecho esto. En segundo lugar, entendemos cómo Jesús sigue trabajando. Él no está ocioso, ni está jubilado. Su ministerio celestial continúa.
 
Siendo exaltado, el Señor Jesús envió al Espíritu Santo sobre los apóstoles (cf. Jn. 15:26; 16:7; Luc. 24:49; Hech. 1:5,8). La recepción del poder del Espíritu Santo capacitó a los apóstoles para ser guiados a toda la verdad y confirmarla con milagros (cf. Jn. 16:13; Mar. 16:19,20; Heb. 2:3,4).
 
El apóstol Pablo escribió que Jesucristo otorgó “dones a los hombres” (Ef. 4:7-11; cf. Sal. 68:18). Estos dones de Cristo se manifestaron en hombres desempeñando oficios de servicio para la iglesia (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros). Estos hombres fueron concedidos para revelar, proclamar y proteger la verdad. Estos dones fueron dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:12). Gracias al Señor Jesucristo, actualmente contamos con evangelistas, pastores y maestros que nos ayudan a ser espiritualmente completos en nuestro trabajo y edificación. Gracias al Señor Jesucristo, contamos con apóstoles y profetas como fundamento (Ef. 2:20) y podemos volver a sus escritos leyendo (Ef. 3:4,5; 2 Ped. 3:2; Jud. 1:17).  
 
El ministerio celestial de Jesucristo continúa. Él intercede por nosotros (cf. Rom. 8:34; Heb. 7:25), y continúa oficiando como nuestro sumo sacerdote (Heb. 3:1; 4:14-16; 7:25; 10:21) y abogado (1 Jn. 2:1,2).
 
El Señor Jesucristo continúa gobernando el universo, y reina a la diestra de Dios con absoluta autoridad sobre las naciones (cf. Hech. 2:33-36; Ef. 1:19-22; Heb. 1:3,4; 10:12,13; Apoc. 1:5; 11:15).
 
Hablando de Jesucristo, el apóstol Pedro escribió: “quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Ped. 3:22). La diestra de Dios es el lugar de mayor autoridad y poder (cf. Mat. 26:64; Mar. 16:19). Jesucristo es “Señor de señores y Rey de reyes” (Apoc. 17:14; 19:16).
 
Jesucristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Pero, también es “León de la tribu de Judá” (Apoc. 5:5). Él es “nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18). “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11).
 
Conclusión
 
En el cielo, Jesucristo ora por su pueblo (cf. Heb. 7:25) y prepara un lugar para sus santos (Jn. 14:2,3). Un día volverá para dar reposo y retribución (2 Tes. 1:7-10), “vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios” (Rom. 2:7-11).
 
Recordamos la muerte, sepultura, resurrección y apariciones de Cristo (cf. 1 Cor. 15:3-11), pero no olvidemos su exaltación.