La marca de la bestia



Por Josué I. Hernández

 
Continúan formulándose nuevas suposiciones respecto a 
la marca de la bestia, suposiciones con las que se pretende descubrir el cumplimiento de Apocalipsis 13:18: “Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis”.
 
Algunos han sugerido que el número 666 se debe interpretar como una tríada, el número 6 repetido tres veces. Debido a que el 6 es el número del hombre, y el 3 es el número de Dios, cuando se triplica el 6 se produce el símbolo del hombre haciéndose Dios. Sin embargo, el 666 no es una tríada, es un número entero, es el seiscientos sesenta y seis. El original griego lo confirma. No hay evidencia de que Juan haya escrito 666. El texto griego dice: hexakosioi (seiscientos), hexakonta (sesenta) y hex (seis). El número escrito por Juan no se compone de tres 6, sino de seiscientos (un número), más el sesenta (otro número), y el seis (el tercer número). Un símbolo, sin lugar a duda, pero no una tríada del 6 que algunos pretenden encontrar, por ejemplo, en el código de barras, en la tarjeta de crédito o en la matrícula de los automóviles.
 
Algunos afirman que Apocalipsis 13:18 se logra entender usando gematría, un método de interpretación alfanumérica en el que se asigna un valor numérico específico a cada letra. Los candidatos propuestos conforman una larga lista de personajes tales como, Nerón o Hitler. Actualmente, hay nuevos candidatos observados con sospecha.
 
En Apocalipsis 13, Satanás levantó a dos aliados. Una bestia subió del mar (Apoc. 13:1), la cual corresponde a la cuarta bestia de Daniel 7; y otra bestia subió de la tierra (Apoc. 13:11). La bestia de la tierra es el falso profeta, la religión imperial de la Roma pagana perseguidora (Apoc. 19:20).
 
La marca impulsada por la religión imperial fue llevada “en la mano derecha o en la frente” (Apoc. 13:16), un símbolo de la manera de actuar y pensar, opuestos a la manera de actuar y de pensar requeridas por Dios (cf. Deut. 11:18). El pasaje no trata de una marca literal. Quien recibió la marca se sometía a la bestia y se oponía a Dios. Sin embargo, “Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles” (Apoc. 17:14).
 
Cuando Juan escribió el Apocalipsis, la persecución había comenzado y empeoraría (Apoc. 1:1,3,9; 2:13). Los santos ejecutados clamaban por justicia (6:9,10) y la caída de Satanás fue la respuesta a su súplica (20:1-3). El Señor dijo que vendría pronto, en una venida de juicio (Apoc. 1:7,8; 2:5,16; 22:7,12,20), y Juan respondió: “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Apoc. 22:20).
 
Cuando Dios revela algo que antes era desconocido, a eso se le llama “revelación” (gr. “apokalupsis”). El último libro de la Biblia no es un enigma imposible, ni un secreto oculto; de lo contrario, no “revelaría”. El apóstol Juan escribió una revelación de acontecimientos que pronto tendrían lugar, y los beneficiarios serían los siervos de Dios: “La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan” (Apoc. 1:1).
 
Cundo lea el Apocalipsis, estúdielo desde la posición de un cristiano del primer siglo. No lo lea con una perspectiva moderna, como si no tuviera relevancia para el siglo I. Este libro debe leerse, ante todo, con el propósito de comprender lo que los primeros lectores necesitaban saber, lo que experimentarían “pronto”. Tenga esto presente al leer este maravilloso libro.