Las cuatro “P” del bautismo



Por Josué I. Hernández
 

Antes de ascender a los cielos, Jesucristo encargó a sus discípulos con una misión, “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mar. 16:15,16). Con esta sencilla comisión, fueron enviados y el mundo cambió para siempre. La fórmula para la salvación se presenta en sus términos más sencillos: Creencia + Bautismo = Salvación. Sin embargo, aunque pocos defienden la salvación sin fe, muchos cuestionan y contradicen la necesidad del bautismo.
 
Si dejamos que la Biblia sea su propio intérprete, podemos contemplar declaraciones, explicaciones, comentarios y ejemplos, sobre lo que Cristo había dicho respecto al bautismo y la salvación.
 
Precepto. El precepto es un mandato u orden que establece una regla, norma o instrucción, y que se debe cumplir en la forma especificada. Hay muchas motivaciones inapropiadas por las cuales las personas son bautizadas. Sin embargo, el bautismo bíblico es precedido por hechos que se deben creer de todo corazón (cf. Hech. 8:37). En otras palabras, mientras que algunos se bautizan porque creen que ya son salvos, es decir, por la salvación; el bautismo bíblico es para salvación (1 Ped. 3:21; cf. Hech. 22:16). Mientras que algunos se bautizan motivados por un evangelio diferente (Gal. 1:6,9), la salvación resulta solamente para los que se bautizan creyendo el evangelio de Cristo (Mar. 16:15,16). El Nuevo Testamento nos informa que el bautismo bíblico es precedido por la enseñanza del evangelio, lo cual produce la convicción de pecado y el arrepentimiento por la fe en Jesucristo como Señor, motivando al creyente a ser bautizado para el perdón de sus pecados (cf. Hech. 2:36-38). Recuérdese que Cristo enseñó: Creencia + Bautismo = Salvación.
 
Persona. Con la información anterior, este elemento es fácil de captar. La persona apropiada para el bautismo es el creyente arrepentido. En el libro Hechos aprendemos que los que creían en el evangelio se arrepentían antes de ser bautizados (Hech. 2:36-38). Recibían la palabra y eran bautizados, y el Señor los añadía al cuerpo de salvos (Hech. 2:41,47). Obviamente, los bebés no pueden comprender el evangelio, ni elegir obedecerlo, además, no tienen pecado que deban limpiar de sus almas, por lo tanto, los infantes no deben ser bautizados. Los adultos que no reciben, es decir, que no aceptan, la enseñanza adecuada sobre Jesucristo, o la manera en que los pecados son perdonados por medio de él, tampoco debiesen bautizarse. Sencillamente, cualquier persona que desee ser bautizada sin un verdadero conocimiento y fe en Jesucristo, o que desee ser bautizada sin comprender el papel del bautismo en el proceso de remisión de los pecados, no debiese bautizarse. Si tal persona se bautiza, se moja, pero no es beneficiada por la inmersión. Según el Nuevo Testamento, la persona que debe bautizarse es quien cree en Jesucristo conforme al mensaje del evangelio, está arrepentido y desea servir al Señor, y comprende que el bautismo en Cristo es esencial para su salvación.
 
Práctica. Cuando hablamos de práctica nos referimos a la aplicación. El bautismo bíblico tiene una forma o manera distintiva, es decir, debe conformarse a lo revelado en el Nuevo Testamento para ser aceptable a Dios. El rociamiento o aspersión no es bautismo. El bautismo debe ser, necesariamente, una inmersión en el agua, inmersión que tipifica la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo (cf. Col. 2:12; Rom. 6:4,5). El bautismo requiere agua suficiente como para descender a ella y subir de ella (cf. Hech. 8:38,39). Un poco de agua no basta (cf. Jn. 3:23).
 
Propósito. La sangre de Jesucristo es el precio de la redención (Ef. 1:7). Somos lavados de nuestros pecados en su sangre (Apoc. 1:5) y su sangre nos lava en el bautismo (Hech. 22:16). En el bautismo, los pecadores del mundo son constituidos discípulos de Cristo, salvos en Cristo, y revestidos de él (cf. Mat. 28:19,20; Mar. 16:16; Gal. 3:27). El bautismo nos salva (1 Ped. 3:21). Pablo escribió a los romanos: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:3,4).
 
El bautismo válido a los ojos de Dios es el bautismo según el modelo bíblico, este es el bautismo que cumple el objetivo por el cual ha sido ordenado por el Señor. El bautismo bíblico está basado en los preceptos correctos, tiene a un creyente arrepentido como la persona que será sumergida, se practica como un entierro en agua tipificando la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesucristo, con el propósito de contactar la sangre redentora de Jesucristo.