¿Qué dice la Biblia acerca de las bebidas
embriagantes? Esta es una pregunta decisiva, y quienes estamos dispuestos a
permitir que la Biblia resuelva toda cuestión debemos fundamentar nuestra postura
exclusivamente en ella. Si las Escrituras enseñan que se trata de un mal y que
su consumo es pecaminoso, no nos queda otra opción que enseñar lo mismo. Por el
contrario, si las sagradas Escrituras autorizan su consumo, y lo presentan como
algo beneficioso, entonces no tendríamos más alternativa que aprobar y fomentar
su fabricación, comercialización y consumo. En fin, debemos situarnos donde se
sitúan las sagradas Escrituras, decir lo que ellas dicen, siempre creyendo lo
que ellas enseñan. Gracias a Dios, no es difícil encontrar la respuesta bíblica
a nuestra pregunta. La Biblia la responde de manera clara e inequívoca:
“El vino es escarnecedor, la sidra
alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio” (Prov. 20:1).
La palabra de Dios emite un juicio contundente:
Quien se deja dominar por las bebidas embriagantes es un hombre necio, falto de
sabiduría, totalmente engañado. Es un necio porque permite que el engaño de
Satanás lo convenza de que el alcohol es un remedio, cuando en realidad es la
enfermedad; de que es la solución, cuando en realidad es el problema; de que es
un bien, cuando en realidad es un mal; de que produce alegría, cuando en
realidad siembra miseria. Y cuando el engaño ha cumplido su propósito, aquello mismo
que sedujo al hombre termina burlándose de él. Sin embargo, el consumo de alcohol no es el único
engaño relacionado con las bebidas embriagantes. También engaña a quienes las
producen, distribuyen, venden, y autorizan legalmente su comercialización. Los
induce a creer que puede surgir un bien de aquello que es malo, y que puede
existir el consumo de alcohol sin que existan alcohólicos o personas dominadas
por la embriaguez. Pero el ebrio y la miseria que lo rodea no son más que el
resultado final de un proceso o cadena de acontecimientos. El ebrio, y la
miseria que lo rodea, son la consecuencia de fabricar, distribuir, vender y
legalizar un producto destructivo. Si se elimina cualquiera de estos eslabones,
por ejemplo, la legalización de las bebidas embriagantes, se disminuye
considerablemente la probabilidad de la embriaguez y las consecuencias que la
acompañan (Rom. 13:13; Gal. 5:21). Las causas y sus consecuencias son
inseparables. No hay manera de separar la embriaguez y sus efectos de la
legalización, la fabricación, la distribución y la venta de las bebidas alcohólicas.
Por esta razón, quien bebe, fabrica, legaliza, distribuye, y vende, participa en
alguna medida en las consecuencias derivadas de la embriaguez y los males que
acompañan el consumo recreativo de alcohol (cf. 2 Cor. 6:14-18; Ef. 5:11). Pensemos en aquellos miles de inocentes embestidos
por un conductor ebrio, quienes pagan con su vida las consecuencias del consumo
de bebidas embriagantes. Sin embargo, el conductor ebrio no es el único responsable.
Los fabricantes, distribuidores y vendedores de bebidas alcohólicas también
comparten alguna responsabilidad. Considérelo detenidamente. La legalización,
la fabricación y la venta de bebidas alcohólicas constituyen eslabones indispensables
de esa cadena de maldad. Cristo dijo: “Si vosotros permaneciereis en
mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la
verdad os hará libres” (Jn. 8:31,32). Pero, ¿queremos conocer la verdad? Hace algún tiempo estudiamos con una mujer que,
al principio nos daba la impresión de tener un profundo deseo por la verdad.
Llegamos a convencernos de que buscaba de todo corazón la verdad de Dios, es
decir, la voluntad de Dios tal como ha sido revelada en las santas Escrituras
(cf. Jn. 17:17; Ef. 1:13). La señora repetía constantemente: “Quiero saber lo
que enseña la Biblia”, y a medida que avanzábamos en el estudio de la Biblia, parecía
alegrarse de haber encontrado a gente que le expusiera exactamente lo que la
Biblia decía. Admito que llegué a convencerme de que ella obedecería al
evangelio. No obstante, surgió una dificultad. La señora nos preguntó sobre la
revelación, los milagros, y especialmente, sobre el don de hablar en lenguas.
Enseguida notamos que tenía convicciones arraigadas profundamente, convicciones
que no eran razonables, que se oponían al sentido común y, sobre todo, a la
palabra de Dios. Entonces, cuando aprendió lo que la Biblia enseña, intentó
eludir el asunto, y finalmente decidió que la revelación escrita de Dios en su
palabra, la Biblia, no era tan importante como sus experiencias y sentimientos,
quedaron expuestas sus verdaderas motivaciones. En realidad, no deseaba saber
lo que enseña la Biblia, sino que deseaba que la Biblia enseñara lo que ella ya
creía. Muchas personas van a la Biblia esperando la
confirmación de su deseo por las bebidas embriagantes. Pueden afirmar que creen
y practican únicamente lo que enseña la Biblia, pero cuando llega el momento de
aceptarla y obedecerla, su disposición se desvanece, y encuentran toda clase de
argumentos para llegar a una conclusión opuesta a la palabra de Dios.
Sencillamente, parecen tener muy poca dificultad para sustituir la enseñanza de
las Escrituras por sus propias opiniones. Mientras la Biblia coincide con lo
que ya practican, dicen creerla y seguirla; pero cuando contradice sus
convicciones, no vacilan en hacerla a un lado. No buscan la verdad, buscan que
aquello que ya consideran verdadero sea confirmado por la Biblia. ¿Queremos conocer la verdad acerca de las
bebidas embriagantes? Si la respuesta es positiva, la Biblia nos enseñará y
aprenderemos, nos mostrará la verdad y seremos libres por ella. Por el
contrario, si deseamos alguna aprobación divina para el consumo recreativo de
bebidas embriagantes, no encontraremos consuelo alguno en la palabra de Dios. La Biblia no suaviza su lenguaje ni atenúa sus
afirmaciones. La Biblia presenta las bebidas alcohólicas como un mal de enorme
gravedad.