La verdad sobre las bebidas embriagantes



Por Josué I. Hernández

 
¿Qué dice la Biblia acerca de las bebidas embriagantes? Esta es una pregunta decisiva, y quienes estamos dispuestos a permitir que la Biblia resuelva toda cuestión debemos fundamentar nuestra postura exclusivamente en ella. Si las Escrituras enseñan que se trata de un mal y que su consumo es pecaminoso, no nos queda otra opción que enseñar lo mismo. Por el contrario, si las sagradas Escrituras autorizan su consumo, y lo presentan como algo beneficioso, entonces no tendríamos más alternativa que aprobar y fomentar su fabricación, comercialización y consumo. En fin, debemos situarnos donde se sitúan las sagradas Escrituras, decir lo que ellas dicen, siempre creyendo lo que ellas enseñan. Gracias a Dios, no es difícil encontrar la respuesta bíblica a nuestra pregunta. La Biblia la responde de manera clara e inequívoca:
 
“El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio” (Prov. 20:1).
 
La palabra de Dios emite un juicio contundente: Quien se deja dominar por las bebidas embriagantes es un hombre necio, falto de sabiduría, totalmente engañado. Es un necio porque permite que el engaño de Satanás lo convenza de que el alcohol es un remedio, cuando en realidad es la enfermedad; de que es la solución, cuando en realidad es el problema; de que es un bien, cuando en realidad es un mal; de que produce alegría, cuando en realidad siembra miseria. Y cuando el engaño ha cumplido su propósito, aquello mismo que sedujo al hombre termina burlándose de él.
 
Sin embargo, el consumo de alcohol no es el único engaño relacionado con las bebidas embriagantes. También engaña a quienes las producen, distribuyen, venden, y autorizan legalmente su comercialización. Los induce a creer que puede surgir un bien de aquello que es malo, y que puede existir el consumo de alcohol sin que existan alcohólicos o personas dominadas por la embriaguez. Pero el ebrio y la miseria que lo rodea no son más que el resultado final de un proceso o cadena de acontecimientos. El ebrio, y la miseria que lo rodea, son la consecuencia de fabricar, distribuir, vender y legalizar un producto destructivo. Si se elimina cualquiera de estos eslabones, por ejemplo, la legalización de las bebidas embriagantes, se disminuye considerablemente la probabilidad de la embriaguez y las consecuencias que la acompañan (Rom. 13:13; Gal. 5:21).
 
Las causas y sus consecuencias son inseparables. No hay manera de separar la embriaguez y sus efectos de la legalización, la fabricación, la distribución y la venta de las bebidas alcohólicas. Por esta razón, quien bebe, fabrica, legaliza, distribuye, y vende, participa en alguna medida en las consecuencias derivadas de la embriaguez y los males que acompañan el consumo recreativo de alcohol (cf. 2 Cor. 6:14-18; Ef. 5:11).
 
Pensemos en aquellos miles de inocentes embestidos por un conductor ebrio, quienes pagan con su vida las consecuencias del consumo de bebidas embriagantes. Sin embargo, el conductor ebrio no es el único responsable. Los fabricantes, distribuidores y vendedores de bebidas alcohólicas también comparten alguna responsabilidad. Considérelo detenidamente. La legalización, la fabricación y la venta de bebidas alcohólicas constituyen eslabones indispensables de esa cadena de maldad.
 
Cristo dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:31,32). Pero, ¿queremos conocer la verdad?
 
Hace algún tiempo estudiamos con una mujer que, al principio nos daba la impresión de tener un profundo deseo por la verdad. Llegamos a convencernos de que buscaba de todo corazón la verdad de Dios, es decir, la voluntad de Dios tal como ha sido revelada en las santas Escrituras (cf. Jn. 17:17; Ef. 1:13). La señora repetía constantemente: “Quiero saber lo que enseña la Biblia”, y a medida que avanzábamos en el estudio de la Biblia, parecía alegrarse de haber encontrado a gente que le expusiera exactamente lo que la Biblia decía. Admito que llegué a convencerme de que ella obedecería al evangelio. No obstante, surgió una dificultad. La señora nos preguntó sobre la revelación, los milagros, y especialmente, sobre el don de hablar en lenguas. Enseguida notamos que tenía convicciones arraigadas profundamente, convicciones que no eran razonables, que se oponían al sentido común y, sobre todo, a la palabra de Dios. Entonces, cuando aprendió lo que la Biblia enseña, intentó eludir el asunto, y finalmente decidió que la revelación escrita de Dios en su palabra, la Biblia, no era tan importante como sus experiencias y sentimientos, quedaron expuestas sus verdaderas motivaciones. En realidad, no deseaba saber lo que enseña la Biblia, sino que deseaba que la Biblia enseñara lo que ella ya creía.
 
Muchas personas van a la Biblia esperando la confirmación de su deseo por las bebidas embriagantes. Pueden afirmar que creen y practican únicamente lo que enseña la Biblia, pero cuando llega el momento de aceptarla y obedecerla, su disposición se desvanece, y encuentran toda clase de argumentos para llegar a una conclusión opuesta a la palabra de Dios. Sencillamente, parecen tener muy poca dificultad para sustituir la enseñanza de las Escrituras por sus propias opiniones. Mientras la Biblia coincide con lo que ya practican, dicen creerla y seguirla; pero cuando contradice sus convicciones, no vacilan en hacerla a un lado. No buscan la verdad, buscan que aquello que ya consideran verdadero sea confirmado por la Biblia.
 
¿Queremos conocer la verdad acerca de las bebidas embriagantes? Si la respuesta es positiva, la Biblia nos enseñará y aprenderemos, nos mostrará la verdad y seremos libres por ella. Por el contrario, si deseamos alguna aprobación divina para el consumo recreativo de bebidas embriagantes, no encontraremos consuelo alguno en la palabra de Dios.
 
La Biblia no suaviza su lenguaje ni atenúa sus afirmaciones. La Biblia presenta las bebidas alcohólicas como un mal de enorme gravedad.