Las bebidas embriagantes traen vergüenza


 
Por Josué I. Hernández
 

El consumo de bebidas embriagantes ha sido ocasión de vergüenza, deshonra e indignidad en la historia de la humanidad. El primer relato bíblico de embriaguez describe una escena deshonrosa: “y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda” (Gen. 9:21). La embriaguez hizo que Noé perdiera el dominio propio y se expusiera desnudo.  
 
Como una fortaleza pierde su protección cuando caen sus murallas, el alcohol derriba las defensas del carácter y deja a la persona susceptible, sin las barreras de la prudencia, y expuesta física, moral y espiritualmente para realizar toda suerte de cosas que en sobriedad jamás habría hecho.
 
“El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio” (Prov. 20:1).
 
Este pasaje consta de tres afirmaciones paralelas. Las dos primeras describen la naturaleza del vino y de la sidra y la tercera aplica la enseñanza. En la primera afirmación, el vino recibe una cualidad normalmente reservada para una persona, una personificación. El vino es presentado como si fuera un burlador, es decir, ridiculiza al hombre, lo engaña, hace que pierda su dignidad, y finalmente se mofa de él. No significa simplemente que “produce burlas”, sino que el vino actúa como un escarnecedor. La segunda afirmación presenta a la sidra, “bebida fuerte”, como provocadora de gritos, tumultos, desorden y violencia. Es decir, la sidra no es simplemente “alegre”, porque produce mucha conmoción. La tercera afirmación no describe un accidente, sino un desvío espiritual. El proverbio habla de perder el rumbo dejándose extraviar por la bebida embriagante. Esta no es una simple “tontería”. La idea es más profunda. El que se deja dominar por el alcohol demuestra que no posee la sabiduría en el temor del Señor (cf. Prov. 1:7; 2 Cor. 5:11). La idea gramatical del proverbio es la siguiente: “El vino es continuamente burlador, la sidra es continuamente alborotadora”, por lo tanto “el hombre que anda en esto nunca será sabio”. El texto no describe un hecho aislado, describe una realidad permanente. Por último, considere cómo la gramática crea un contraste: El vino recibe atributos humanos, pero el hombre termina perdiendo precisamente aquello que lo distingue. Es una ironía. El hombre cree dominar el vino, pero el proverbio presenta exactamente lo contrario: El vino domina al hombre.
 
“Tus ojos mirarán cosas extrañas, y tu corazón hablará perversidades” (Prov. 23:33).
 
Las “cosas extrañas”, abarcan un abanico de posibilidades: ilusiones ópticas, percepciones distorsionadas, visiones confusas, contemplar aquello que normalmente no se contemplaría. El sustantivo “perversidades” involucra expresiones torcidas o trastornadas, palabras distorsionadas o discursos perversos, es decir, palabras que se apartan del camino recto. No significa únicamente obscenidades, también pueden ser las mentiras, incoherencias, palabras insensatas y expresiones moralmente desviadas. Cuando leemos “tu corazón hablará”, observamos una metonimia. El corazón es la fuente interna del cual proceden las palabras, y lo que sale de la boca procede del corazón (cf. Mat. 12:34). Entonces, el alcohol afecta el centro del pensamiento y del juicio, de modo que el habla llega a reflejar esa alteración interior. En otras palabras, las bebidas embriagantes no solamente cambian el lenguaje, primero cambian la mente, luego la boca expresa ese trastorno. El proverbio no podría ser más elocuente. Las bebidas embriagantes corrompen la percepción: “Tus ojos mirarán cosas extrañas”, corrompen el pensamiento, y la boca manifestará esa corrupción: “tu corazón hablará perversidades”. Es decir, las bebidas embriagantes afectan tanto la forma en que la persona percibe la realidad como la forma en que piensa y habla (cf. Prov. 23:29-35).
 
“¡Ay del que da de beber a su prójimo! ¡Ay de ti, que le acercas tu hiel, y le embriagas para mirar su desnudez!” (Hab. 2:15).
 
La condenación de Dios recae sobre todo aquel que haga beber a su prójimo, “tu veneno” (LBLA). El sujeto del texto causa deliberadamente la embriaguez haciendo que otro pierda el dominio propio por la bebida embriagante. Luego, encontramos el elemento decisivo del versículo, porque la embriaguez tiene un objetivo: “para”, es decir, con el propósito de, a fin de, “mirar su desnudez”. La idea aquí es la de “contemplar”, es decir, observar con detenimiento fijando la vista. El sujeto condenado en el texto induce la pérdida del dominio propio para explotar, avergonzar o deshonrar al prójimo.
 
“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18).
 
“El embriagarse y el libertinaje son íntimos compañeros, porque el alcohol suprime o quita la restricción moral y calla la conciencia. Por lo tanto, los que están bajo la influencia del alcohol, toman libertades para decir o hacer cosas que normalmente no dicen ni hacen. Es por esto que muchos se sienten más valientes cuando beben alcohol; la timidez se suprime. Pero no reconocen el efecto que el alcohol tiene sobre su mente. Creen que pueden conducir un auto mejor que nunca, y por eso en más de la mitad de los accidentes de automóviles está involucrado el alcohol… Hay hermanos que enseñan que está bien tomar alcohol con moderación, y defienden la “bebida social”. Dicen que la Biblia condena solamente la borrachera. Pero considérese bien 1 Pedro 4:3, que menciona “borracheras” (gr. “oinophlugiais”), y en el mismo versículo dice, “potois” que tiene que ver con beber bebidas alcohólicas, pero no necesariamente con exceso. La Versión New American Standard Bible traduce la palabra “potois” como “fiestas para beber”; esto demuestra que no se condena solamente la borrachera, sino el beber mismo” (Notas sobre Efesios, W. Partain).
 
La enseñanza bíblica no podría ser más clara: Las bebidas embriagantes prometen alegría, libertad y prestigio, pero repetidamente producen el efecto contrario: exponen la vergüenza, degradan el carácter y destruyen la honra.
 
La palabra de Cristo ubica la embriaguez entre las obras incompatibles con una vida santa (Rom. 13:13). Los borrachos no heredarán el reino de Dios (1 Cor. 6:10).