El predicador se encontraba tranquilamente
desayunando con su familia cuando llamaron a la puerta. Al abrir encontró a un
muchacho de unos doce años, visiblemente tembloroso, que le suplicó: “¿podría
ir a la cárcel a hablar con mi papá? Mató a mi mamá. Cuando no bebía era un
hombre bueno y amable, pero el whisky hizo esto. Ahora me he quedado solo para
cuidar de mis tres hermanitas. ¿Podría ir a hablar con él? Y también, ¿podría
acompañarnos cuando traigan su cuerpo? El gobernador dijo que nos lo entregarán
después de que lo ejecuten”. El predicador se dirigió inmediatamente a la
cárcel y habló con aquel hombre, sin embargo, él no recordaba lo que había
hecho. Tiempo después el predicador estuvo presente cuando el ataúd fue llevado
a la casa, y observó con profunda tristeza cómo el pequeño se acercó, se
inclinó sobre el cuerpo sin vida de su padre y lo besó. Entre sollozos el
pequeño llamó a sus tres hermanitas: “Vengan a darle un beso a papá antes que
sea demasiado tarde”. Las niñas se acercaron, llorando desconsoladamente, y la
escena fue tan impactante que los propios policías, acostumbrados a contemplar
escenas difíciles, no pudieron contener la emoción. ¿Cuántas escenas semejantes
se habrán repetido a lo largo de la historia? Solo Dios lo sabe. La Biblia nunca presenta el consumo de bebidas
embriagantes bajo alguna luz favorable, ni presenta la embriaguez como un
estado inofensivo. Por el contrario, la Biblia describe la embriaguez como una
condición que altera el funcionamiento normal de la mente, debilita el juicio,
anula el dominio propio y expone a la persona a pecados que, estando sobria,
jamás habría cometido. Uno de los ejemplos más dramáticos de esto es el caso de
Lot (Gen. 19:30-36). Después de la destrucción de Sodoma, Lot vivía
con sus dos hijas en una cueva. “Y dieron a beber vino a su padre aquella
noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se
acostó ella, ni cuándo se levantó” (Gen. 19:33). El relato repite
prácticamente el mismo suceso la segunda noche: “Y dieron a beber vino a su
padre también aquella noche, y se levantó la menor, y durmió con él; pero él no
echó de ver cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó” (Gen. 19:35). Observe cuidadosamente lo que el texto dice.
Lot perdió la conciencia de lo que ocurría, no pudo discernir entre el bien y
el mal, fue incapaz de ejercer dominio sobre sí mismo, y luego, no recordaba lo
sucedido. La expresión “no sintió” significa literalmente “no supo”. Su
capacidad para percibir la realidad quedó anulada. La embriaguez convirtió a
Lot en un hombre incapaz de ejercer el juicio que Dios espera de su “imagen y
semejanza” (cf. Gen. 1:26,27). Dios creó al hombre con capacidad para razonar,
decidir y controlar sus impulsos. La embriaguez debilita precisamente esas
facultades. No en vano dice la Escritura: “No os embriaguéis con vino, en lo
cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). La
palabra disolución debe entenderse como “desenfreno”, la pérdida del
autocontrol, la ausencia de restricciones involucradas en el pecado de Lot.
Mientras el juicio permanece activo, el hombre puede detenerse. Cuando el
juicio desaparece, desaparecen también los frenos morales. Lot jamás habría aceptado una relación con sus
propias hijas estando consciente. Sin embargo, el alcohol anuló su juicio, inhabilitando
su capacidad de percibir y contenerse. La Biblia presenta esta misma tragedia
en otros relatos. Noé se embriagó, y a consecuencia de ello, quedó desnudo y
produjo vergüenza en el seno de la familia. La embriaguez expuso lo que el
dominio propio normalmente habría protegido (Gen. 9:20-24). Toda mujer que ha sufrido una laguna mental
provocada por el alcohol se siente profundamente angustiada por lo que pudo haberle
sucedido mientras estaba inconsciente. En demasiados casos, la sola idea le
produce terror. Sencillamente, no podría considerar con indiferencia un episodio
de amnesia alcohólica. Aunque el relato de la deshonra de Tamar no
involucra el alcohol (2 Sam. 13:1-19), el asesinato de Amnón sí. Absalón dijo: “cuando
el corazón de Amnón esté alegre por el vino; y al decir yo: Herid a Amnón,
entonces matadle” (2 Sam. 13:28). Entonces, lo mataron. ¿Por qué esperaron
que Amnón estuviese alegre por el vino? Porque el alcohol disminuye la
vigilancia y la capacidad de reaccionar, dejando al consumidor vulnerable en el
amplio sentido de la palabra. “Nabal estaba alegre, y estaba completamente
ebrio” (1 Sam.
25:36), por lo cual Abigail no pudo razonar con él. Tuvo que esperar hasta el
otro día porque sabía que un ebrio carece del juicio necesario para tomar
decisiones. Las bebidas embriagantes destruyen el juicio, pero
Dios exige sobriedad. Sin embargo, la sobriedad no es solamente un estado mental
por la abstinencia de alcohol, es mantener la mente clara para discernir correctamente,
la lucidez, sensatez y vigilancia. La sobriedad es el estado de lucidez mental,
de alerta moral, que no se deja dominar por sustancias, pasiones, impulsos o
circunstancias, sino que permanece alerta para actuar conforme a la voluntad de
Dios: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8; cf. 1 Ped.
1:13; 4:7; 1 Tes. 5:6-8). El contraste es evidente. Mientras las bebidas
embriagantes embotan la mente, Dios llama a conservar la mente despierta. El profeta Isaías denunció la incapacidad de
juzgar ocasionada por las bebidas embriagantes: “Pero también éstos erraron
con el vino, y con sidra se entontecieron; el sacerdote y el profeta erraron
con sidra, fueron trastornados por el vino; se aturdieron con la sidra, erraron
en la visión, tropezaron en el juicio” (Is. 28:7). El registro inspirado
señala cómo las bebidas embriagantes afectaron la capacidad de discernir
correctamente para emitir juicios justos. Isaías no denunció un mero problema
de conducta, sino de percepción y discernimiento, y señaló la razón o causa. El alcohol entorpece la mente, debilita el dominio
propio, distorsiona la percepción, facilita las decisiones pecaminosas, expone
a la persona a la vergüenza y el abuso, e impide el ideal divino de una vida
sobria y prudente. No es casualidad que Dios llame a su pueblo, una y otra vez,
a la sobriedad. La mente es el centro desde el cual nacen las decisiones,
el discernimiento y la obediencia. Todo aquello que la embote, la nuble o la
insensibilice, se convierte en un peligro espiritual. Como escribió Salomón: “El
vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra
no es sabio” (Prov. 20:1). La verdadera sabiduría no consiste en averiguar
qué tanto alcohol uno puede tolerar, sino en preservar intacta la capacidad de
pensar, discernir y obedecer a Jesucristo en todo momento (Heb. 5:9).