Las bebidas embriagantes apagan el juicio



Por Josué I. Hernández
 

El predicador se encontraba tranquilamente desayunando con su familia cuando llamaron a la puerta. Al abrir encontró a un muchacho de unos doce años, visiblemente tembloroso, que le suplicó: “¿podría ir a la cárcel a hablar con mi papá? Mató a mi mamá. Cuando no bebía era un hombre bueno y amable, pero el whisky hizo esto. Ahora me he quedado solo para cuidar de mis tres hermanitas. ¿Podría ir a hablar con él? Y también, ¿podría acompañarnos cuando traigan su cuerpo? El gobernador dijo que nos lo entregarán después de que lo ejecuten”.
 
El predicador se dirigió inmediatamente a la cárcel y habló con aquel hombre, sin embargo, él no recordaba lo que había hecho. Tiempo después el predicador estuvo presente cuando el ataúd fue llevado a la casa, y observó con profunda tristeza cómo el pequeño se acercó, se inclinó sobre el cuerpo sin vida de su padre y lo besó. Entre sollozos el pequeño llamó a sus tres hermanitas: “Vengan a darle un beso a papá antes que sea demasiado tarde”. Las niñas se acercaron, llorando desconsoladamente, y la escena fue tan impactante que los propios policías, acostumbrados a contemplar escenas difíciles, no pudieron contener la emoción. ¿Cuántas escenas semejantes se habrán repetido a lo largo de la historia? Solo Dios lo sabe.
 
La Biblia nunca presenta el consumo de bebidas embriagantes bajo alguna luz favorable, ni presenta la embriaguez como un estado inofensivo. Por el contrario, la Biblia describe la embriaguez como una condición que altera el funcionamiento normal de la mente, debilita el juicio, anula el dominio propio y expone a la persona a pecados que, estando sobria, jamás habría cometido. Uno de los ejemplos más dramáticos de esto es el caso de Lot (Gen. 19:30-36).
 
Después de la destrucción de Sodoma, Lot vivía con sus dos hijas en una cueva. “Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó” (Gen. 19:33). El relato repite prácticamente el mismo suceso la segunda noche: “Y dieron a beber vino a su padre también aquella noche, y se levantó la menor, y durmió con él; pero él no echó de ver cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó” (Gen. 19:35).
 
Observe cuidadosamente lo que el texto dice. Lot perdió la conciencia de lo que ocurría, no pudo discernir entre el bien y el mal, fue incapaz de ejercer dominio sobre sí mismo, y luego, no recordaba lo sucedido. La expresión “no sintió” significa literalmente “no supo”. Su capacidad para percibir la realidad quedó anulada. La embriaguez convirtió a Lot en un hombre incapaz de ejercer el juicio que Dios espera de su “imagen y semejanza” (cf. Gen. 1:26,27).
 
Dios creó al hombre con capacidad para razonar, decidir y controlar sus impulsos. La embriaguez debilita precisamente esas facultades. No en vano dice la Escritura: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). La palabra disolución debe entenderse como “desenfreno”, la pérdida del autocontrol, la ausencia de restricciones involucradas en el pecado de Lot. Mientras el juicio permanece activo, el hombre puede detenerse. Cuando el juicio desaparece, desaparecen también los frenos morales.
 
Lot jamás habría aceptado una relación con sus propias hijas estando consciente. Sin embargo, el alcohol anuló su juicio, inhabilitando su capacidad de percibir y contenerse. La Biblia presenta esta misma tragedia en otros relatos. Noé se embriagó, y a consecuencia de ello, quedó desnudo y produjo vergüenza en el seno de la familia. La embriaguez expuso lo que el dominio propio normalmente habría protegido (Gen. 9:20-24).
 
Toda mujer que ha sufrido una laguna mental provocada por el alcohol se siente profundamente angustiada por lo que pudo haberle sucedido mientras estaba inconsciente. En demasiados casos, la sola idea le produce terror. Sencillamente, no podría considerar con indiferencia un episodio de amnesia alcohólica.
 
Aunque el relato de la deshonra de Tamar no involucra el alcohol (2 Sam. 13:1-19), el asesinato de Amnón sí. Absalón dijo: “cuando el corazón de Amnón esté alegre por el vino; y al decir yo: Herid a Amnón, entonces matadle” (2 Sam. 13:28). Entonces, lo mataron. ¿Por qué esperaron que Amnón estuviese alegre por el vino? Porque el alcohol disminuye la vigilancia y la capacidad de reaccionar, dejando al consumidor vulnerable en el amplio sentido de la palabra.
 
“Nabal estaba alegre, y estaba completamente ebrio” (1 Sam. 25:36), por lo cual Abigail no pudo razonar con él. Tuvo que esperar hasta el otro día porque sabía que un ebrio carece del juicio necesario para tomar decisiones.
 
Las bebidas embriagantes destruyen el juicio, pero Dios exige sobriedad. Sin embargo, la sobriedad no es solamente un estado mental por la abstinencia de alcohol, es mantener la mente clara para discernir correctamente, la lucidez, sensatez y vigilancia. La sobriedad es el estado de lucidez mental, de alerta moral, que no se deja dominar por sustancias, pasiones, impulsos o circunstancias, sino que permanece alerta para actuar conforme a la voluntad de Dios: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8; cf. 1 Ped. 1:13; 4:7; 1 Tes. 5:6-8). El contraste es evidente. Mientras las bebidas embriagantes embotan la mente, Dios llama a conservar la mente despierta.
 
El profeta Isaías denunció la incapacidad de juzgar ocasionada por las bebidas embriagantes: “Pero también éstos erraron con el vino, y con sidra se entontecieron; el sacerdote y el profeta erraron con sidra, fueron trastornados por el vino; se aturdieron con la sidra, erraron en la visión, tropezaron en el juicio” (Is. 28:7). El registro inspirado señala cómo las bebidas embriagantes afectaron la capacidad de discernir correctamente para emitir juicios justos. Isaías no denunció un mero problema de conducta, sino de percepción y discernimiento, y señaló la razón o causa.
 
El alcohol entorpece la mente, debilita el dominio propio, distorsiona la percepción, facilita las decisiones pecaminosas, expone a la persona a la vergüenza y el abuso, e impide el ideal divino de una vida sobria y prudente. No es casualidad que Dios llame a su pueblo, una y otra vez, a la sobriedad.
 
La mente es el centro desde el cual nacen las decisiones, el discernimiento y la obediencia. Todo aquello que la embote, la nuble o la insensibilice, se convierte en un peligro espiritual. Como escribió Salomón: “El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio” (Prov. 20:1).
 
La verdadera sabiduría no consiste en averiguar qué tanto alcohol uno puede tolerar, sino en preservar intacta la capacidad de pensar, discernir y obedecer a Jesucristo en todo momento (Heb. 5:9).