Si predicar la
estricta obediencia a los mandamientos de Dios hace de alguien un “legalista”,
Jesucristo se comportó como el más grande legalista. Detengámonos a
pensar en esto. Mientras la ley estuvo vigente, el Señor instruyó a que
se observara hasta el más mínimo detalle (Mat. 5:17-19), y esperaba que sus discípulos superaran a los
fariseos en su justicia (Mat 5:20). Luego, llamó a sus discípulos a expresar su
amor por él guardando sus mandamientos (Jn 14:15,21,23), prometió su amor y
amistad a quienes guardaran sus mandamientos (Jn 15:10,14), y esperaba que
discípulos de todas las naciones observaran todo lo que él había mandado (Mat
28:19-20). Pero antes de predicar la obediencia, él la practicaba (cf. Hech. 1:1). El Señor obedeció hasta la muerte (Fil. 2:8) sometido a cada detalle del plan de Dios (Jn. 4:34; 6:38; 8:29). Si exigir la estricta observancia de los mandamientos de
Dios convierte a alguien en legalista, los apóstoles también fueron
legalistas. Por ejemplo, el apóstol Pablo enfatizó la importancia de
guardar los mandamientos (1 Cor. 7:19; 1 Tes. 4:1-2), y el apóstol Juan
hizo hincapié en el cumplimiento de los mandamientos (1 Jn 2:3-5; 3:22-24; 5:2-3). Los primeros cristianos no fueron confundidos por algún
falso concepto de la gracia divina. Entendían que por gracia somos salvos (Ef.
2:8), pero también entendían que no hay gracia para los desobedientes (Mat.
7:21-23). Por esta razón, enseñaron que la gracia de Dios exige trabajo, si no
sería en vano (cf. 1 Cor. 15:10; 2 Cor. 6:1), y predicaban que la justificación por la
gracia es conferida por la obediencia al evangelio de Cristo Jesús al unirnos a
él en el bautismo (Gal. 3:26,27; cf. Rom. 6:4,5). Los primeros cristianos entendieron que cuando alguno es
bautizado en Cristo, el perdón le es conferido por gracia (cf. Ef. 1:7; Hech.
2:38; Mar. 16:16), porque el bautismo es “el lavamiento de regeneración… por
su gracia” (Tito 3:4,5,7). Si debemos conformarnos al ejemplo del Señor Jesucristo,
y de esta manera, seguir sus pisadas (1 Ped. 2:21), debemos enfatizar la
obediencia a los mandamientos de Dios. No hay gracia para los desobedientes
(Heb. 5:9).