El evangelio de Cristo no significa nada para el mundo hasta que lo es
todo para nosotros. Hemos sido llamados a adornar la doctrina del Señor
(Tito 2:10) con nuestra conducta (1 Ped. 2:12,15; 3:1,2), digna del evangelio
(Ef. 4:1,17; 5:2,8,15; Fil. 1:27) y digna del Señor (Col. 1:10). Piénselo por un
momento. La más deliciosa comida, preparada y ofrecida por manos llenas de repugnante suciedad, ya no es apetitosa. El
problema no es la comida, son las manos que la ensuciaron. Los sacerdotes del Antiguo Pacto fueron reprendidos por no conformar sus
vidas a la ley del Señor (Mal. 2:4-8). Los judíos del primer siglo eran
causa de afrenta al nombre de Dios entre los gentiles (Rom. 2:17-24). En Creta profesaban conocer a Dios, pero con sus hechos lo negaban, “siendo
abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra” (Tito
1:16). Cuando ofrecemos el evangelio al mundo, y el mundo lo rechaza, examinémonos
(2 Cor. 13:5). No sea que nosotros seamos la causa del rechazo.